
Villarruel rompe con Milei y denuncia a su propio espacio en medio de rumores inaduados
Jose Ferras
En un movimiento que sacudió el tablero político argentino, la vicepresidenta Victoria Villarruel presentó dos denuncias judiciales contra dirigentes libertarios de su propio espacio. Entre los acusados figuran el periodista Javier Negre —cercano al presidente Javier Milei— y la diputada Lilia Lemoine. Los cargos van desde intimidación pública y amenazas, hasta rebelión y asociación ilícita. La decisión de Villarruel de judicializar los ataques que recibe desde redes sociales y medios alineados al oficialismo marca un punto de quiebre definitivo en su relación con el entorno presidencial. La vicepresidenta argumentó que las agresiones sistemáticas buscan erosionar su autoridad como titular del Senado y afectaron gravemente el equilibrio republicano. Pero detrás de la formalidad legal, hay una guerra intestina cada vez más visible. Negre la acusó públicamente de "traición" y "golpismo" tras permitir el avance de leyes previsionales que fueron luego vetadas por el Ejecutivo. Lemoine, en tono aún más virulento, deslizó supuestas coqueteos con la oposición y atacó su estilo político conservador. Todo ese ruido se tradujo en una ofensiva digital que ahora derivó en causas penales.
El Ejército no aprueba su vínculo con Maria Torres
Los hechos no ocurren en el vacío. En las últimas semanas, diversas fuentes cercanas a Villarruel aseguran que hubo un quiebre con la cúpula del Ejercito por su vínculo con María Torres, una figura poco conocida en el ámbito político, pero señalada como su confidente más cercana. Si bien no hay confirmación oficial ni imágenes públicas, los dichos alcanzaron suficiente volumen como para incomodar al estamento que tradicionalmente respaldaba a Villarruel. El malestar en el Ejército no se hizo esperar. La exmilitante del nacionalismo militar, que supo cosechar respeto entre veteranos de Malvinas y oficiales retirados, ya no cuenta con el mismo respaldo. La sobreactuación institucional de los últimos meses —con homenajes, declaraciones altisonantes y gestos simbólicos— terminó de distanciarla de los cuadros activos. Como en la política, en los cuarteles el silencio suele ser la forma más brutal del rechazo. A todo esto se suma la frialdad creciente del presidente Javier Milei. Si bien en público no ha emitido declaraciones contundentes contra su vicepresidenta, sus gestos son elocuentes. La excluyó de actos oficiales, limitó sus atribuciones, y dejó que su hermana Karina —secretaria general de la Presidencia— dinamite cualquier intento de mediación o reconciliación. Villarruel quedó sola, sin red, sin blindaje.

En esta trama, los tiempos son importantes. La denuncia judicial llega justo después de una seguidilla de escraches digitales, audios filtrados y operaciones subterráneas. Villarruel parece haber decidido jugar sus cartas a fondo: si va a caer, será mostrando la podredumbre interna de La Libertad Avanza. No es ingenua. Entiende que su figura tiene peso simbólico, y que representa a una porción del electorado que votó a Milei pero que hoy se siente traicionado. La historia de Villarruel dentro del oficialismo es, en muchos sentidos, un espejo invertido del mileísmo. Mientras Milei se presenta como el libertario disruptivo, ella abrazó una causa nacionalista, católica y pro-fuerzas armadas. Mientras el presidente grita, ella guarda silencio. Mientras él viaja, ella homenajea a Manchalá. Dos estilos incompatibles que convivieron por conveniencia y que ahora se separan con escándalo.
El contraste es evidente. El espacio oficialista ya dejó de verla como aliada. En las redes libertarias, la acusan de “tibia”, “traidora” o “infiltrada”. En los pasillos del Congreso, murmuran que prepara su propio armado político. Y en el Ejecutivo, directamente le dan la espalda. La única constante es el deterioro de su posición institucional. Todo esto en medio de una gestión que exige disciplina, lealtad y unidad. Virtudes que hoy parecen estar completamente ausentes en el círculo libertario. Si Villarruel sobrevive políticamente, será como una figura disidente, acaso como un faro para una nueva derecha tradicionalista que ya no se siente representada por el show mediático del oficialismo. La incógnita es qué pasará a partir de ahora. ¿Podrá reconfigurar su poder desde el Senado? ¿Será absorbida por otro sector conservador? ¿Se radicalizará o buscará una síntesis con la oposición más institucional? Lo cierto es que su ciclo dentro de La Libertad Avanza parece agotado. Villarruel eligió pelear. Eligió denunciar, aún sabiendo que eso significaría dinamitar los puentes que aún quedaban. En un país donde la política es cada vez más ruido y menos construcción, su apuesta es riesgosa. Pero también es reveladora: incluso dentro del mileísmo, hay límites. Y cuando se cruzan, ni el Ejército ni el presidente perdonan.


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