Milei desafía al globalismo socialista y libera a país del Estado opresor

El mandatario argentino enfrenta al globalismo y rompe con el modelo estatista que hundió al país. Un plan de ajuste que es más que economía: es una revolución

Actualidad18 de marzo de 2025Redacción Primicia 24Redacción Primicia 24
Milei junto a Elon Musk
Milei junto a Elon Musk

Argentina ha sido, desde hace décadas, un experimento de ingeniería social y económica por parte de las élites globalistas. La intervención del Estado en la economía, el adoctrinamiento en las escuelas, la regulación asfixiante y la presión impositiva han sido las herramientas de dominación que condujeron al país a una crisis crónica. Este modelo, diseñado por organismos internacionales y ejecutado por gobiernos serviles al progresismo, ha debilitado la soberanía económica y política de la nación. Pero el tablero ha cambiado. La llegada de Javier Milei al poder no solo marca un quiebre con la casta política tradicional, sino que representa un desafío directo al globalismo y a la burocracia internacional que ha utilizado a Argentina como un laboratorio de sus fracasadas políticas estatistas.

No es casualidad que el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y las Naciones Unidas hayan sido actores clave en la consolidación del populismo en Argentina. Mientras el kirchnerismo alimentaba el monstruo del gasto público, el FMI ofrecía "ayuda" con condiciones que perpetuaban la dependencia del Estado. En lugar de impulsar la liberalización económica, las recetas promovidas por estos organismos han sido una trampa: más impuestos, más regulaciones y más intervencionismo. La lógica es simple: un país dependiente de préstamos y subsidios externos es un país que no puede tomar decisiones soberanas. Milei lo sabe, y por eso su estrategia ha sido clara: romper con el consenso globalista y devolverle a Argentina su autonomía económica. Su plan de ajuste no es solo una necesidad fiscal, sino una declaración de independencia frente a aquellos que han lucrado con la miseria del país.

Milei junto a Donald Trump

Desde su asunción, el gobierno libertario ha dejado en claro que no hay margen para medias tintas. La única vía para el crecimiento es la reducción del Estado y la apertura de la economía. Pero esto va mucho más allá de una simple reestructuración fiscal: es un enfrentamiento ideológico contra el socialismo disfrazado de progresismo. Milei ha sido uno de los pocos líderes en el mundo en denunciar abiertamente el fraude del cambio climático como excusa para restringir las libertades económicas. Ha expuesto cómo las regulaciones medioambientales impuestas por organismos internacionales no son más que herramientas de control sobre las naciones emergentes. Argentina, rica en recursos naturales, ha sido sistemáticamente limitada en su desarrollo energético por el lobby ecologista, mientras que las grandes potencias siguen explotando sus recursos sin restricciones. El resultado ha sido catastrófico: mientras el país se ahogaba en subsidios y planes sociales, las oportunidades para el sector privado eran cada vez más escasas. El Estado benefactor no solo destruyó la cultura del trabajo, sino que convirtió a millones de ciudadanos en rehenes de la miseria planificada.

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Sin embargo, la batalla de Milei no es solo contra el globalismo. También debe enfrentarse a la resistencia de la casta política y sindical que ha vivido del modelo estatista. No sorprende que los mismos que hoy critican sus medidas sean los que durante años negociaron con los organismos internacionales y perpetuaron la decadencia. El sindicalismo peronista, acostumbrado a operar como un brazo de presión del Estado, se encuentra en estado de pánico. La eliminación de privilegios, el fin de las paritarias amañadas y la flexibilización laboral han puesto en jaque un sistema que solo beneficiaba a la élite sindical. Del mismo modo, los gobernadores que durante años gestionaron provincias como feudos personales hoy ven peligrar sus cajas. La eliminación de los fondos discrecionales y la exigencia de autonomía fiscal han dejado en evidencia la inviabilidad de sus modelos clientelistas. Pero el ataque no proviene solo del ámbito local. Medios de comunicación internacionales, alineados con la agenda progresista, han intentado instalar la idea de que el ajuste de Milei es "inhumano". Lo que no dicen es que ese ajuste es el resultado de décadas de saqueo por parte del populismo y la corrupción.

La geopolítica del mandatario argentino

A diferencia de sus predecesores, que veían en China y Rusia aliados estratégicos, Milei ha dejado en claro su alineamiento con los países que defienden la libertad y el capitalismo. Su visita a Israel y Estados Unidos no fue casualidad: representa un cambio de eje geopolítico que busca posicionar a Argentina como un actor clave en la defensa de los valores occidentales. En este contexto, el apoyo de Milei a Israel cobra un significado aún mayor. No solo se trata de una alianza diplomática, sino de un reconocimiento a un país que ha logrado convertir el desierto en un polo de desarrollo gracias al capitalismo y la innovación. En contraposición, el modelo socialista y autoritario de los regímenes que atacan a Israel ha sumido a sus pueblos en la miseria.

La pregunta que queda por responder es si la sociedad argentina está dispuesta a soportar el costo de la transformación. La casta y los grupos de interés harán todo lo posible para boicotear el cambio, como lo han hecho cada vez que un intento de modernización ha amenazado sus privilegios. Pero la diferencia ahora es que Milei no tiene compromisos con ellos. No hay pactos oscuros ni acuerdos de gobernabilidad con quienes han destruido el país. Su único pacto es con la ciudadanía que lo eligió para hacer lo que nadie se atrevió: dinamitar el sistema desde adentro. Si Argentina logra resistir la embestida del globalismo y la casta local, el país podría convertirse en un faro para toda América Latina. Un modelo de prosperidad basado en la libertad económica, el esfuerzo individual y la reducción del Estado. De lo contrario, si el viejo sistema logra recuperar el control, el país seguirá atrapado en el círculo vicioso de la dependencia, la pobreza y la decadencia planificada. La elección es clara. Y el tiempo para decidir se está agotando.

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