El populismo en Argentina: Un ciclo que empobrece al país

El populismo ha sido el mayor obstáculo para el desarrollo de Argentina. Un modelo que promete igualdad, pero solo perpetúa la dependencia y la miseria

Actualidad17 de marzo de 2025Jose FerrasJose Ferras
Populismo y decadencia K
Populismo y decadencia K

Argentina es un caso de estudio en la historia del populismo. Un país que, a principios del siglo XX, estaba entre las economías más prósperas del mundo y que, un siglo después, se debate entre la inflación crónica, la pobreza estructural y el deterioro institucional. ¿Qué ocurrió? La respuesta es incómoda, pero evidente: el populismo se instaló como una cultura política que premia la mediocridad, castiga el esfuerzo y convierte a la dependencia estatal en un modelo de vida. El populismo argentino, en sus múltiples versiones, ha construido su poder sobre una narrativa de lucha de clases. La élite política que lo impulsa necesita permanentemente un enemigo: ayer fueron los oligarcas, hoy es el "neoliberalismo salvaje". Sin embargo, la verdadera víctima de este esquema no es la élite, sino los propios sectores que el populismo dice defender. El fenómeno se ve con claridad en los sectores más vulnerables de la sociedad. En lugar de promover la movilidad social ascendente, el populismo ha diseñado un sistema que convierte a los ciudadanos en clientes del Estado. Planes sociales, subsidios y programas asistenciales que, lejos de ser un puente hacia la autosuficiencia, terminan siendo una trampa de la que pocos pueden salir.

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El resultado es un país donde el trabajo informal crece más rápido que el empleo privado registrado. Donde el mérito se desprecia y la cultura del esfuerzo se ve opacada por la facilidad del subsidio. El populismo ha logrado que generaciones enteras vivan en un sistema donde la asistencia estatal no es una ayuda transitoria, sino un modo de existencia. El daño no es solo económico, sino también cultural. Se ha instalado la idea de que el Estado debe resolverlo todo, que el individuo no tiene responsabilidad sobre su propio destino y que cualquier intento de reforma estructural es un ataque a los “derechos conquistados”. Lo que el populismo no menciona es que esos derechos tienen un costo: la perpetuación de la pobreza y la imposibilidad de construir un país con oportunidades reales para todos. El dilema argentino es que el populismo no se sostiene solo por quienes lo promueven desde la política, sino también por quienes lo necesitan para sobrevivir. Una parte de la sociedad ha sido empujada a un estado de dependencia crónica, donde cualquier intento de cortar con el modelo asistencialista se percibe como una amenaza. El resultado es predecible: cada vez que el país intenta dar un giro hacia la racionalidad económica, el populismo resurge con el mismo libreto de siempre.

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El gran desafío de Argentina es romper con este ciclo. No hay desarrollo posible sin esfuerzo, sin inversión, sin una cultura que premie el mérito. Mientras el populismo siga dominando la escena política, el país seguirá atrapado en un bucle de crisis recurrentes, siempre al borde del colapso, siempre prometiendo soluciones mágicas que solo agravan el problema. Argentina tiene una oportunidad histórica de salir de esta trampa. Pero para lograrlo, es necesario enfrentar el populismo no solo como una doctrina económica fallida, sino como una mentalidad que ha debilitado la estructura misma de la sociedad. La verdadera batalla es cultural. Y, como en todo proceso de cambio profundo, no será fácil ni rápido. Pero es la única salida.

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