
Boca arde: Russo con un pie afuera y Riquelme, más preocupado por su proyecto personal que por el club
Jose Ferras
La derrota frente a Huracán fue apenas la chispa que encendió un incendio que hace tiempo huele a humo en Boca Juniors. Miguel Ángel Russo, histórico técnico del club, parece tener las horas contadas. No solo por los flojos rendimientos en la cancha, sino por los choques que mantiene con algunos referentes del plantel, la falta de respuestas del equipo y, sobre todo, por la creciente desconfianza del Consejo de Fútbol, hoy más ocupado en blindar la figura de su líder, Juan Román Riquelme, que en sostener un proyecto deportivo serio. Desde hace semanas, en los pasillos de La Bombonera se habla de un desgaste irreversible. La relación entre Russo y jugadores como Marcos Rojo, Saracchi y Lema está quebrada. Y mientras algunos son apartados, otros se mantienen con el respaldo político de Riquelme, quien hace y deshace desde su palco con una discrecionalidad preocupante. El vestuario está roto. Y el club, a la deriva.

El clásico ante Racing será decisivo. No porque se juegue algo en términos futbolísticos (ya casi no hay objetivos a corto plazo), sino porque puede marcar el punto final de un ciclo. Las versiones sobre la salida de Russo después del partido se multiplican, y en paralelo, comienzan a circular nombres para reemplazarlo. ¿Quién define? ¿Quién conduce? ¿Quién planifica? En Boca, todo depende de lo que diga Román. Aunque oficialmente solo es vicepresidente, su palabra vale más que cualquier estatuto. Y ahí está el verdadero problema de fondo. Boca Juniors dejó hace rato de ser un club de fútbol profesional para convertirse en una plataforma política personalista. Riquelme maneja los destinos deportivos como si fueran los hilos de una campaña electoral permanente. Nombra técnicos, baja jugadores, negocia pases y da entrevistas desde un atril imaginario donde se presenta como el “salvador” del club popular. Pero no se hace cargo de nada.
Riquelme y el populismo K que contaminó el club
El modelo populista que construyó desde su llegada al Consejo de Fútbol tiene los mismos vicios que la política argentina que tanto critica en sus discursos: improvisación, amiguismo, falta de profesionalismo y cero autocrítica. ¿Cuántos técnicos pasaron desde que Román maneja el club? ¿Cuántas promesas incumplidas? ¿Cuántas decisiones que priorizaron la épica de la tribuna por sobre la lógica del fútbol?
Los hinchas empiezan a darse cuenta. Las redes estallan, no solo por el mal juego del equipo, sino por una conducción que se aferra a la mística del pasado para justificar un presente caótico. Ya no alcanza con recordar los goles a Gremio o al Real Madrid. Hoy Boca necesita gestión, no relatos. Miguel Ángel Russo probablemente no siga después del clásico. Pero su salida será apenas un síntoma de algo mucho más profundo: el fracaso de un modelo donde el fútbol está supeditado al ego de un ídolo que no supo convertirse en dirigente. Y que, en lugar de construir un Boca ganador, eligió usar el club como trampolín para su proyecto personal. Mientras tanto, el equipo naufraga, los socios se resignan y los rivales agradecen. Boca, el club más grande de América, está atrapado en una interna de poder disfrazada de romanticismo tribunero. Y nadie parece tener el coraje de decirlo en voz alta.


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