La estética del fracaso: por qué Mayra Mendoza es el rostro perfecto del populismo decadente
Mayra Mendoza es más que una intendenta. Es un símbolo. Una expresión acabada del proyecto político y estético del kirchnerismo: un modelo de liderazgo que abandona lo tangible para refugiarse en el relato; que desprecia la excelencia, la gestión y la estética institucional, y prefiere el barro, el slogan y la militancia de barricada. En Quilmes, su gestión es una postal del colapso: calles rotas, inseguridad en aumento, hospitales en ruinas y barrios convertidos en zonas liberadas. Mientras tanto, el municipio destina fondos a festivales ideológicos, murales con consignas de género y actos partidarios con pecheras. La casta que decía “ser distinta” se volvió más casta que nunca. Pero con remeras verdes.
Mayra Mendoza no solo representa la ineficiencia en lo administrativo. Representa, además, un ideal de liderazgo decadente: la exaltación de lo vulgar, la estética del desaliño como identidad política, el desprecio por la preparación intelectual y el rechazo a cualquier forma de elegancia o refinamiento. Su figura se construyó como antítesis del mérito, del orden, del buen gusto y del respeto institucional.
En tiempos donde la imagen pública sigue diciendo más que mil discursos, Mayra irrumpe con una presencia agresiva, mal hablada, gestual, sin armonía ni compostura. No intenta parecer una líder: intenta parecer una militante eterna, como si todavía estuviera tomando el centro de estudiantes. Esa construcción simbólica —consciente— refuerza el mensaje: no se necesita ser una estadista, solo repetir el guión partidario.
Y sin embargo, el contraste con verdaderas jefas de Estado salta a la vista.
El culto a la vulgaridad y el espejo que "no adelanta"
Basta mirar a Giorgia Meloni para entender de qué hablamos. Una mujer con presencia, preparación, firmeza, claridad ideológica, pero también con sentido de lo institucional y con una estética de autoridad, no de militante universitaria. Meloni encarna una idea clásica de liderazgo femenino: decidida, bien plantada, sin renunciar a su esencia, pero tampoco disfrazándose de víctima o de rebelde. Una dirigente que, aún desde una postura conservadora, representa modernidad, orden y poder real.
La militante K, en cambio, repite mantras de justicia social mientras tolera que sus barrios se inunden, que la basura se acumule y que la inseguridad expulse a los vecinos. No hay amor por la ciudad: hay uso político del municipio. No hay proyecto de crecimiento: hay verticalismo partidario. No hay gestión: hay relato.
Su falta de formación académica seria, su oratoria limitada, su agresividad permanente y su rol dentro de La Cámpora completan el cuadro. No es una líder. Es una ficha útil. Una pieza más de la maquinaria kirchnerista que necesita discursos combativos pero resultados nulos para mantenerse viva. La pobreza como base electoral, y la estética de la precariedad como bandera.
La estética del fracaso —literal y simbólica— encuentra en Mayra Mendoza su encarnación perfecta. No solo porque dirige uno de los municipios más complejos de la Argentina, sino porque lo hace desde la exaltación del desorden, la vulgaridad y la ideología sin gestión. Y mientras tanto, miles de quilmeños siguen esperando que alguien los gobierne con seriedad, presencia y resultados. Alguien que no haga política para la foto, sino para levantar una ciudad. Porque en Quilmes, ya no alcanza con pelearse con Clarín, ni con llorar en un acto. Hace falta algo que Mayra nunca ofreció: liderazgo real.
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