Ormuz, el cuello de botella que puede asfixiar al planeta
Hay una geografía que manda. Un estrecho de apenas 33 kilómetros de ancho, encajado entre Irán y Omán, por donde pasa el 20% del petróleo y el gas natural licuado que consume la humanidad. Eso es Ormuz. Y esta semana, ese corredor volvió a convertirse en el epicentro de una crisis que ninguna cancillería quiere nombrar con su verdadero nombre: el preludio de una guerra regional de consecuencias impredecibles.
El gobierno de Teherán intentó el viernes un movimiento de manual: no cerrar del todo, pero dejar en claro que el paso ya no es libre. Ali Mousavi, representante iraní ante la Organización Marítima Internacional, lo formuló con la precisión de quien construye una trampa diplomática: el estrecho permanece abierto, sí, pero solo para aquellos países que coordinen "medidas de seguridad" con Irán. Los demás —los "países enemigos"— no tienen garantizado el tránsito. El mensaje, traducido al lenguaje de los mercados, es brutal: el petróleo del Golfo ya no fluye sin permiso de Teherán.
Del otro lado, Donald Trump eligió la escala máxima. Ultimátum de 48 horas: si Irán no abre completamente el estrecho, Estados Unidos destruirá sus centrales eléctricas. No es retórica menor. Es la amenaza de un ataque directo a infraestructura civil en territorio iraní. Y Teherán respondió en la misma frecuencia: si hay ataque, la represalia apuntará a instalaciones energéticas en el Golfo Pérsico, incluidas las de Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos. Es decir, golpeará al corazón productor de sus vecinos aliados de Washington.
El tablero se ha vuelto peligrosamente inestable. La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ya contabiliza más de dos mil muertos. Los misiles iraníes de largo alcance —algunos con capacidad teórica para alcanzar Berlín, París o Roma— transforman el conflicto en una amenaza que Europa ya no puede contemplar desde la tribuna. Y el Papa León XIV, en un gesto que dice más por su rareza que por su contenido, salió a calificar la situación de "una vergüenza".
El acticipo del mercado ante una escalada global
Los mercados leyeron todo esto con la frialdad de quien hace cuentas. El petróleo trepó a su nivel más alto en casi cuatro años. El gas en Europa subió hasta un 35%. Los analistas hablan de una "bomba de relojería" financiera que podría estallar el lunes cuando abran las plazas. Algunos buques de países con vínculos diplomáticos más amables con Teherán lograron atravesar el estrecho sin incidentes, lo cual confirma la hipótesis del control selectivo. Pero ese equilibrio es, en el mejor de los casos, provisional.
La pregunta que nadie quiere hacer en voz alta es la siguiente: ¿qué ocurre si el ultimátum vence, Trump ordena el ataque y la cadena de represalias se desata? La última vez que el mundo enfrentó una crisis energética de esta magnitud fue en los años 70. Entonces no había misiles hipersónicos, redes de proxies distribuidos por cuatro países, ni una potencia como Irán con la capacidad de amenazar simultáneamente a media docena de Estados soberanos.
Ormuz no es solo un estrecho. Es el cuello de botella por donde pasa la sangre del sistema energético global. Y esta semana, alguien puso los dedos sobre ese cuello.
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