Riquelme en Boca: caprichos, fracaso y política barata
Boca Juniors atraviesa uno de los momentos institucionales más oscuros de las últimas décadas. La derrota reciente frente a Huracán no hizo más que exponer lo que ya se rumoreaba en pasillos, tribunas y vestuarios: el club está acéfalo en términos deportivos, preso de una conducción egocéntrica, personalista y profundamente ideologizada. El responsable tiene nombre y apellido: Juan Román Riquelme. Lo que en un principio fue celebrado como el regreso del ídolo a su casa terminó mutando en una experiencia dirigencial frustrante. Riquelme, rodeado de obsecuentes y aislado de voces críticas, ha transformado a Boca en su propio espacio de poder. La cancha ya no es el centro de gravedad. Hoy, Boca se decide en oficinas cerradas, a puertas herméticas, con discursos cargados de nostalgia y autoritarismo emocional.
Un equipo sin identidad ahogado que no encuentra salida
Los resultados deportivos están a la vista: un equipo sin identidad, sin juego y sin jerarquía. Las decisiones técnicas parecen regidas por impulsos más que por planes. Cambios de entrenadores intempestivos, compras innecesarias, jugadores relegados por razones personales y una relación tóxica con la prensa y con buena parte del plantel profesional. ¿El último capítulo? La presión interna para que Miguel Ángel Russo deje el cargo, con rumores de vestuario caldeado y fracturas entre referentes históricos. Riquelme se jacta de “proteger al club de la política”, pero su gestión está atravesada por ella. No por la buena política, sino por la rosca. Bajo su liderazgo, Boca no solo no ha mejorado: ha retrocedido. No hay proyecto deportivo claro, no hay renovación institucional y la meritocracia brilla por su ausencia. Lo que hay es relato. Mucho relato.
En sus declaraciones públicas, Riquelme apela al romanticismo de su época de jugador, pero no logra entender que hoy Boca necesita gestión, no recuerdos. El club funciona con una lógica defensiva permanente, donde toda crítica se transforma en traición. Quien no aplaude es enemigo. Y eso, en el fútbol, suele ser la antesala del fracaso sostenido. La comparación con otras gestiones anteriores es inevitable. Aquellos dirigentes que construyeron el Boca exitoso de principios de siglo, con visión empresarial y deportiva, tenían un norte claro: ganar. Hoy, el norte parece ser cuidar la imagen de un dirigente que vive en el pasado y no permite que otros brillen. La política deportiva está atravesada por viejas rivalidades personales, que influyen en contrataciones, renovaciones y decisiones estratégicas. En el plano institucional, la falta de transparencia es alarmante. Hay opacidad en la toma de decisiones, ausencia de profesionalismo y una clara voluntad de controlar todo lo que ocurre en el club. Desde la comunicación hasta las inferiores, todo pasa por un mismo filtro: la mirada incuestionable del ídolo devenido en dirigente.
Los socios e hinchas, por su parte, empiezan a despertar. Lo que antes era respeto ahora se transforma, poco a poco, en malestar. No porque se hayan olvidado de su legado futbolístico, sino porque entienden que Boca no es un santuario personal, sino un club que necesita orden, modernización y autocrítica. Riquelme prometió devolver la identidad, pero terminó destruyendo el presente. Boca necesita una conducción profesional, moderna y abierta. No se puede liderar un club como si fuera un vestuario. El fútbol cambió. Los hinchas también. Y hoy, la realidad exige más que frases de casete o recuerdos de viejas gestas. Exige resultados, planificación y grandeza. Riquelme aún está a tiempo de rectificar. De abrir el juego, de convocar a los mejores, de construir un Boca competitivo sin sectarismo. Pero para eso necesita una virtud que aún no ha mostrado como dirigente: humildad.
Hasta que eso ocurra, Boca seguirá girando en círculos, atrapado entre la nostalgia de su número diez y la realidad de una gestión que ya no enamora.
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